sábado, 24 de octubre de 2015

Controlar lo incontrolable

Es muy extraño cuando uno comienza a conocer su ansiedad, a relacionarla con el deseo de control.

Los últimos días han estado muy nerviosos y ansiosos, no he logrado determinar una razón puntual. Anoche tuve una crisis de pánico. Bastante más ligera que otras que he tenido, es verdad, pero ese peso en el estómago, ese frío que va de la cabeza a los pies, esos tremores fuertes e incontenibles, esas punzadas en el pecho, me son perfectamente conocidos.

Hoy desperté calmada, pero demolida, como suelen ser las mañanas tras aquellas noches. Mientras hacía cosas tan mundanas como ordenar mi pieza antes de ponerme a trabajar, pensé: que ganas de tener todo perfectamente bajo control para trabajar. A mi derecha, una tetera con el té que me gusta, a la temperatura perfecta, y mi taza favorita. A mi izquierda, una botella con agua fría, pero no helada, y una caja de pañuelos, pero no los pañuelos que tengo ahora, sino los pañuelos perfectos, los que me gustan, y a la distancia exacta para no tener que estirar demasiado el brazo cuando necesite uno. A mi lado también mi agenda, por supuesto, y todos mis lápices listos y dispuestos para organizar mi trabajo.

Qué ganas de tener todo perfectamente bajo control.

El pensamiento de esta tarde no fue una crisis pero, definitivamente, ambas cosas tienen el mismo origen.

¿Cuándo entenderé que la vida es lo menos controlable que hay?


lunes, 18 de mayo de 2015

Work is the only good thing

There is no possibility, in me at least, of saying, “I’ll do it if I feel like it.” One never feels like awaking day after day. In fact, given the smallest excuse, one will not work at all. The rest is nonsense. Perhaps there are people who can work that way, but I cannot. I must get my words down every day whether they are any good or not.

--John Steinbeck, 
"Working days: The journals of The Grapes of Wrath"


lunes, 20 de abril de 2015

Pattern matching


Es fácil ver por qué la gente cree tanto en cosas como la astrología: buscar patrones, buscar coincidencias, mensajes tan vagos que si no se ajustan a mi vida los ignoro hasta la próxima semana, pero, si se ajustan bien, lo grito a los cuatro vientos.

Yo creo no creer en la astrología, pero yo la más escéptica, la más pensamiento crítico, también busco patrones. También busco coincidencias, y si me desagradan las ignoro, si me agradan las adopto, me regocijo en ellas.

Todo esto, sólo para decir que esta Luna Nueva se vino cu-á-ti-ca.

sábado, 18 de abril de 2015

Luna nueva


Hay dos personas en mí.

Una es la persona tranquila, con autocontrol y rumbo, que no se deja llevar por arrebatos, ni por sentimientos violentos. La persona que no duda, que se siente compañía y acompañada, pero no media naranja, no mitad. La persona que apenas nota si el teléfono no suena el fin de semana. La persona que era antes.

Y la persona trémula. La persona que tiene miedo, miedo de no ser exactamente lo que tiene que ser. La persona que cree, erróneamente, que el sacrificio es la base del amor. La persona para quien el otro está primero, y ella, después. La persona en la que, por tí, me convertí.

No te culpo de todo. La materia prima, probablemente, estaba. Pero es duro mirar hacia atrás y ver cómo cambié, cómo me hundí, como me arrastraste hacia el fondo, cómo cosas que eran tuyas se transformaron en mías.

Cuatro años de mi vida hundiéndome en un hoyo del cual aún no logro salir por completo.

Lo que más miedo me da es lo sutil que fue el cambio. Fue tan lento, que nunca me di cuenta que estaba cambiando, ni que lo que hacía estaba mal. Con claridad, creo que no me di cuenta hasta hoy. 

Antes de tí, yo no era así de temorosa. Antes de tí, no sentía que era necesario sacrificarse para amar. Porque antes de tí amé, si, amé mucho y con locura. Amé con toda la fiebre que mi ser hasta entonces conocía. Pero era amor sano. Amor compañero. Amor de amistad. Amor de igual a igual. En ese amor no temía, porque no me hacían temer. No ponía a otros por sobre mí, porque no era necesario. Era amor que no obligaba, que no pedía sacrificios. Y es que no era necesario sacrificarse: éramos yo y él, amigos, amantes, compañeros, felices. Nunca tuve miedo con él. Nunca sentí que decir que no me traería algún problema. Nunca pensé que fuese necesario decir que sí a todo para demostrar que mi amor era fuerte y real.

Quizás, porque aunque los dos éramos muy jóvenes, también nos sentíamos personas completas. Buscábamos amistad y compañía, comprensión y apoyo. Pero no completarnos mutuamente.

Y después llegaste tú. Tú, tus inseguridades y tú. Ese tú que me hizo pensar que si no lo daba todo, no era amor. Ese tú que me lloraba al teléfono si no era mi todo. Ese tú que me hizo creer que dejar la vida de lado era la manera más verdadera de amar.

Tal vez siempre te sentiste inferior a mí (a veces lo sospechaba). Tal vez siempre te sentiste inferior a mis amigos (eso siempre lo supe). Mirando hacia atrás, no te culpo, porque creo que sólo sentías miedo. Miedo a que yo pudiera vivir sin tí. Miedo a que yo fuera una persona completa y no te necesitara. Miedo a que me diera cuenta, a que recordara, que no es ni necesario ni suficiente necesitar a la otra persona para amarla.

Comenzaron las llamadas. Te extraño tanto, ¿por qué no vienes a mi casa después de clases? Pero es que te echo de menos, si a ellos los ves todos los días. Al principio era un pobrecito, si yo también lo echo de menos, cómo no voy a ir a verlo. Al final era lo único que había. Porque, aunque los viera todos los días, si yo quería estar con mis amigos, me mirabas con cara de cordero degollado. Porque llegabas allá, la única persona de afuera, entre nosotros. Porque no era el hecho de salir, porque para salir contigo no había problema. Porque me ibas a buscar siempre. Porque me llamabas, cuando iba llegando a clases, para que fuera a tu casa. Al principio lo dudaba, después no. Porque estar contigo era lo más importante. Porque todo lo demás venía después.

Y así fue como me ví después, sola y al fondo del agujero. No lo veía con claridad hasta ahora. Sentía que ya había logrado salir, pero me doy cuenta que no. Que habías calado mucho más hondo de lo que yo pensaba.

Hace unos meses atrás hice una limpieza y encontré uno de mis diarios. Era de la época de una relación nueva, después de tí. Mucho después de tí, cuando ya ni rondabas en mi cabeza, y creía haberlo dejado todo atrás. Pero ahora me doy cuenta que todo ahí estaba impregado de tí. Leí pensamientos míos que consideré ridículos, y que aún me da rabia recordar. Pensamientos que eran tuyos. Incluso puedo escuchar tu voz repitiéndolos: ¿es que acaso solo yo no soy suficiente?

Sigo dentro del agujero. A veces llegan réplicas del pasado, y viene tu fantasma a lanzar tierra en mis ojos. Vuelvo atrás. Caigo un poco nuevamente.

Porque es difícil cambiar algo sin tener conciencia de que hay que cambiarlo. Es difícil darse cuenta que lo que has creído los últimos años no es así, que nunca fue así, que antes sabías que no era así, pero que lograron convencerte.



En esta Luna nueva estoy sola contra la tierra. Yo sola escalaré. No hay planetas que ayuden: esta misión es mía. Qué linda noche para un nuevo comienzo, para dejar atrás. Qué linda coincidencia, haber notado todo esto este día, en preparación para esta noche.

Pensé que había cerrado la puerta, pero aún estaba entreabierta. Lo bueno de eso, es que puedo sacar las cosas tuyas que aún quedaban, y cerrarla definitivamente.

domingo, 8 de marzo de 2015

Ni sumisa, ni devota, ni linda, ni loca


En un 8 marzo como hoy, Día Internacional de la Mujer, se observan distintos bandos en las redes sociales. Voy a separar dos de ellos: por un lado, quienes saludan a "las hermosas flores que alegran sus vidas día a día"; por otro, quienes en su intento -con intenciones loables, por cierto- de realmente respetar la libertad y derechos de la mujer, publican frases "progres", como la de arriba: Mujer, ni sumisa, ni devota. Te quiero libre, linda, y loca.

A primera vista, parece tener sentido. Parte de la lucha feminista busca que las mujeres sean ni sumisas ni devotas, sino completamente libres. Con esta frase, quieren demostrar que respetan y anhelan esa libertad para las mujeres.

Sin embargo, hay un problema de fondo. Quizás peco de buscar la quinta pata al gato, pero la famosa frase me parece terriblemente machista. Y del tipo de machismo más peligroso: el invisible, el que está tan arraigado en nosotros, que lo pasamos por alto.

En "El segundo sexo", Simone de Beauvoir plantea que la mujer ha sido, desde el principio de los tiempos, una construcción del hombre. El hombre ve al mundo como a un mundo de hombres y de otros: siendo el otro, siempre, la mujer. La mujer ha sido construida socialmente para ser siempre lo otro. El hombre construye, trabaja, gana dinero, engendra hijos en una mujer. La mujer ha sido construída en base a lo que el hombre hace. El hombre la ha construído socialmente.

Esta construcción es lo que ha forjado algunos de las mayores exigencias que el machismo presenta a la mujer: ser madre dedicada, ser buena ama de casa, ser una esposa atenta, una abuela cariñosa. Ser callada, obedecer al hombre, ser todo lo que es, pero en función de él. Ser sumisa y ser devota. 

¿Y, no estamos haciendo exactamente lo mismo, cuando rematamos con "te quiero libre, linda, y loca"?

En este intento de progresismo, no estamos sino quitando ciertas exigencias para poner otras sobre la mesa. Dejémoslo solo en "te quiero libre". Si ella quiere ser linda, o si quiere ser loca, que decida ella. No pretendo en ningún caso señalar que esto es más grave que un graffiti que diga "Te quiero en la cocina lavando los platos." Sólo quiero expresar que, a mi parecer, aún es exigencia. Aún me están pidiendo a mí, la mujer, lo otro, que cumpla con una descripción, que cumpla con algo que la mujer debería ser. Ya no debería pasarme el día en la cocina, pero si debería ser linda y loca (¿a qué se referirán con loca, por cierto?).

A quienes comparten esta frase, les digo: Mujer, te quiero libre. Libre de ser sumisa, devota, linda, loca, o lo que quieras. Pero, que lo que escojas, haya sido en tus propias facultades, en tu propia libertad.


El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos.
-- Simone de Beauvoir


Otra cosa que vi hoy, en mi pasada por las redes sociales, fue una mujer que etiquetaba a todas sus amigas en una imagen, con ilustraciones de varios cuerpos femeninos desnudos. La imagen también decía: "En la diversidad está la perfección." Sin embargo, quien compartió dicha imagen, agregó a su publicación la frase: "Los verdaderos hombres quieren curvas, los perros necesitan huesos". 

Si eso no es una muestra de que aún quedan cómplices del opresor en nuestro bando, en verdad no se qué lo es.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Ciencia, parte 2

En la parte 1, intenté abordar un poco la mala forma en que la ciencia se presenta en los medios, y como esto se debe en gran parte al hecho que, hacer ciencia propiamente tal, es bastante fome.

A mí la ciencia me encanta, pero si me parece fome y tedioso el proceso de hacer ciencia. Lo cual no quiere decir que, las veces que he hecho algo cercano a eso, no lo haya disfrutado. La percepción de la ciencia como aburrida no es algo exclusivo del público externo a ella, sino también una noción que existe entre los propios científicos. Es raro encontrar a un científico, fuera de su zona cómoda, hablando con emoción de su trabajo, de sus áreas de interés.

Y eso que en el último tiempo ha habido una especie de boom científico en la cultura pop: con series como The big bang theory, o la resucitada Cosmos (de la mano de rock stars científicas como Neil deGrasse Tyson), se podría decir que hasta estamos un poco de moda. Pero aún así, si nos ponen frente a alguien externo, nos sentimos fomes, aburridos, insípidos.

No me cabe duda que todos quienes estamos involucrados, de una u otra forma, en el ámbito científico, creemos que la ciencia es lo máximo. ¿Por qué, entonces, no logramos transmitir esa emoción? ¿Por qué sentimos que lo que hacemos es aburrido, en comparación con el resto?

Llegó a mis manos hace un tiempo una entrevista a Alun Anderson, quien fue editor en jefe de la revista New Scientist hasta hace algunos años. Según el, cuando llegó a trabajar en la revista, en 1990, parecía que era necesario pedir perdón para escribir sobre ciencia. "Perdón, se que esto no te interesará y además no entenderás mucho, ya que es terriblemente difícil, pero lo simplificaré para tí."

Anderson plantea que el problema de la ciencia es un problema en la actitud de los científicos. Que, al hablar de ciencia, se aborda diciendo "perdón, te voy a contar algo súper aburrido, de hecho probablemente ni siquiera quieras escucharlo". Y que, mientras la ciencia siga presentándose así, nadie tendrá muchas ganas de escuchar al respecto.

Este complejo de inferioridad parece ser bastante común en el mundo científico. Va de la mano con el síndrome del impostor, fenómeno psicológico en el cual la persona cree que ha engañado a todo el mundo para llegar donde está, que en realidad no tiene capacidades y que es realmente un fraude. Suena exagerado, pero son problemas de confianza que van bastante relacionados.

Lo que señala Anderson, es que quienes hacemos ciencia debemos empezar a darnos cuenta que dicho trabajo es sumamente importante. Es complicado: uno ve el paper final, la publicación en algún journal de prestigio, y se siente como todo un perdedor mientras tratas de hacer que un mísero código funcione. Así se cae en lo mismo que señalaba en la parte 1: vemos el resultado final, no el proceso. E incluso, quienes sabemos cuán tedioso es dicho proceso, no nos sentimos propiamente parte de él. ¿De qué va a servir que yo escriba este código? De nada, probablemente. Y se nos olvida que hacer ciencia es un proceso colaborativo, que se avanza de pequeños pasos a la vez.

Quizás, nuestro trabajo no se siente importante. Pero eso es porque no nos sentimos parte de un equipo que hace ciencia. Y, hacer ciencia, es sumamente importante. Nos abstraemos tanto de los objetivos finales, que no logramos visualizar el impacto que podría llegar a tener cada cosa que hacemos.

Según Anderson, los científicos deben tomar la actitud de los artistas: "¿Si estoy haciendo algo interesante? Por supuesto que estoy haciendo algo interesante." Al final, el interés de lo que hacemos debemos ponerlo nosotros. Si llegamos, de entrada, disculpándonos por lo aburridos que somos -- nos jugará bastante en contra.

sábado, 21 de febrero de 2015

Razones

There are two reasons why people don’t talk about things; either it doesn’t mean anything to them, or it means everything.